Con la participación del Director de cine colombiano Lisandro Duque Naranjo, se dio inicio al Festival de Cine Cinexcusa en Neiva.

 

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El gran festival en la ciudad de Neiva, CINEXCUSA una opción para deleitarnos con las buenas obras ,de los más grandes exponentes del cine colombiano y nada mejor como haber disfrutado de tan gran evento; uno de los más importantes que se realiza en el Departamento el cual fue realizado desde el 4 hasta el 11 de septiembre del presente año en cuatro escenarios alternos a la Usco: La Estación del Ferrocarril, el Liceo Femenino de Santa Librada, el Sena Industrial y el Saire de Electrohuila , con una programación en la que se incluyeron quince actividades con los mejores invitados, las más variadas películas y en los escenarios insignes de la cultura neivana
Entre las películas que fueron vistas están:

MILAGRO EN ROMA

Un modesto empleado judicial de una pequeña población colombiana, pierde de repente a su hija de siete años. Doce años después, acude al cementerio a exhumar los restos y encuentra que el cadáver está intacto. La población se conmueve, pero el obispo ordena que el cuerpo sea enterrado nuevamente. Una colecta de los feligreses permite a padre e hija ir hacia Roma para que el Santo Padre decida sobre “el milagro de la primera santa colombiana”. Solo, sin otras armas que su propia dignidad, tendrá que enfrentar los azares de un Vaticano milenario, sortear astucias políticas y diplomáticas y burlar los asedios policiales.
Una historia original del escritor colombiano Gabriel García Márquez.

LOS NIÑOS INVISIBLES

los niños invisibles

 

Inocencia y sacrilegio

Los niños invisibles propone una original y divertida historia que nos habla de tres niños que se obsesionan por ser invisibles y, para conseguirlo, tienen que vencer el miedo que implica cometer ciertas transgresiones morales y religiosas. En esta descripción de la película ya se identifican los dos componentes que hacen de ésta una propuesta atractiva y valiosa: por una parte, un argumento agradable y con un interés que nunca decae, y por otra, unas implicaciones morales y culturales de fondo que le permiten trascender la simple anécdota.
Si bien se trata esencialmente de la historia de Rafaelito, pues él mismo ya adulto es quien la narra, se puede ver cómo de sus experiencias se desprenden los otros tres co-protagonistas infantiles, sus familias, los demás personajes del pueblo y hasta el pueblo mismo. Todos estos elementos están hilados con soltura y solidez a la historia de Rafaelito y sus amigos y son presentados desde su punto de vista. Esto permite una cohesión argumental que hace que el relato sea casi perfecto y la identificación de ese universo con su lógica propia e irrebatible, excepto tal vez por ese par de escenas de los hombres “congelados” jugando a las cartas que de ninguna manera son consecuentes con las demás imágenes y leyes propuestas por la historia.
Los que sí son no sólo coherentes sino muy pertinentes, son todos los demás personajes concebidos por Lisandro Duque, que en esta historia cumplen su función precisa en el relato, sin quedarse cortos ni excederse, mucho menos sucumbiendo a ser caricaturas, que son tan caras al cine colombiano, como las que le hemos visto a La estrategia del caracol (1993) o a La deuda (1997). Es por eso que nunca vemos al bobo de pueblo que nunca falta y, en cambio, sí a un barbero marxista, al portero del cine, al culebrero, al cura recriminador, a la exhibicionista y al tendero amanerado (aunque es cierto que este último personaje se ha puesto de moda en el cine y la televisión nacionales y parece que ha reemplazado al bobo, de todas formas su intervención en la historia es apenas la justa).
Además de estos personajes que hacen parte del paisaje del pueblo, están los que conforman las familias de los niños, en especial las madres, quienes son tanto o más ingenuas que sus hijos. Mientras que la terna de pilluelos, si bien ha sido bastante recurrente en relatos de todo tipo, se ve fortalecida y dimensionada por la presencia de la niña, que en este caso no es “el enemigo”, como en casi todos esos recurridos relatos, sino que es una motivación, es un ideal amoroso que cobra vida como personaje a pesar de su limitada participación. Pero lo que verdaderamente sostiene al grupo de niños, y de paso carga con buena parte del peso de la película, es el personaje central, Rafaelito, así como la interpretación que de él hace el joven y debutante actor Guillermo Andrés Castañeda. Tanto uno y otro seducen desde el principio por su naturalidad y franqueza, porque son verosímiles y mantienen ese registro hasta el final.

El humor y la ingenuidad como armas
Así pues que, mientras por un lado la determinación de los niños por lograr su objetivo hace avanzar un argumento atractivo y juguetón, por el otro se enfrentan a unos serios dilemas como consecuencia de las transgresiones que han de cometer. Aunque este tipo de dilemas podrían ser asumidos con cierta gravedad, el filme opta por el tono de comedia, a veces ingenua y otras negra e irreverente.
El humor es, sin duda, uno de los recursos más agudos y revulsivos a la hora de criticar o poner en evidencia la ambigüedad de los valores o la doble moral de una sociedad. Con un humor bien logrado, que sabe detenerse justo en el límite donde empezaría la truculencia o la provocación (el atentado contra el gato Matachín, por ejemplo, o la mayor cercanía a la mujer exhibicionista), este filme nos habla de los valores sociales y religiosos de una cultura que los asume con el desparpajo de la mediocridad y la conveniencia. Las recriminaciones y burlas que de fondo y entre líneas hace Lisandro Duque en esta película a ciertos dogmas y prácticas católicos, en especial a la confesión y la comunión, en otro tiempo, no muy lejano incluso, serían motivo de anatema, y en este tiempo lo serían de censura (solapada y traicionera como hasta hace poco solían hacerlo en este país), de no ser porque el ataque está encubierto por el desenfado del humor y la ingenuidad de la niñez. La prueba de ello es que el único adulto que habla en serio y tronado en la película, el barbero marxista, es asesinado.
Lo que sí no funciona muy bien en esta película, es esa voz en off que entorpece y reitera la narración con forzados y retóricos textos que se debieron quedar en el cuento que la inspiró (escrito por el mismo Duque). En el cine las historias se cuentan esencialmente con imágenes, y mucho de lo que dijo esa voz en off pudo haber sido contado con ellas, aunque tampoco se puede negar que si no fuera por ella algunos pasajes no estuvieran revestidos de ese encanto que campea por toda la película. De todas formas, esa carga del lenguaje literario ha sido uno de los grandes vicios del cine colombiano, y sólo ahora las nuevas generaciones de directores se están desprendiendo de ella.
Exceptuando ese detalle, estamos ante un filme muy respetable y realizado con entereza. Una buena y bien contada historia, sin ser demasiado pretensiosa ni tampoco superflua, con una puesta en escena sólida y convincente y un humor legítimo y logrado a partir de la construcción lógica de personajes y situaciones. Es cine colombiano de buena factura que, con las aventuras de esos tres aspirantes a desaparecer, continúa devolviéndonos la fe en nuestro cine (y en las co-producciones, porque fue realizado con Venezuela), un cine que aún sigue cojeando pero que parece que va a llegar.

LOS ACTORES DEL CONFLICTO

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La película muestra la aterradora figura del secuestro. Duque quiso referirse a la indiferencia que suscita en la opinión publica el grupo de secuestrados cuando son anónimos, sin mucho relieve político o social. “Me interesaba del secuestrado mostrar el desgaste psicológico que produce el ocio al que son sometidos en la indefinición de esos cautiverios prolongados. El tedio, la manera como ocupan su tiempo, la forma como adquieren una importancia decisiva objetos como la crema dental, el papel higiénico. Cómo resulta de agresivo con la fisiología y las necesidades íntimas y privadas”.
Esta cinta sorprende positivamente porque tiene un nuevo ángulo para acercarse a un tema tan presente y hasta invasivo. No hay matanzas, no hay sangre, no hay muertos y no hay maquiavelismo en los personajes ni miradas sesgadas, más bien indignadas. Se agradece la frescura que resulta de la falta de clichés y de extremos, porque los “buenos” son unos pillos simpáticos calculadores y los antagonistas no son tan malos. Cabe resaltar la actuación de Mario Duarte, quien con naturalidad logra convencer, acercarse al espectador y hacer un papel de carne y hueso. “En esta película hay personas y no personajes actuando. Pasa totalmente lo contrario que en las telenovelas, donde hay que alejarse de las personas para crear personajes”, afirma el actor.

                                                                                                                                                                                                                 ANDREA RODRIGUEZ HERNANDEZ -1101

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